El monumento de la UNESCO que estuvo 1.000 años enterrado en un sótano lleno de cacharros
El hallazgo de Derinkuyu se produjo por casualidad durante una reforma doméstica, cuando una pared caída dejó al descubierto una red de túneles que ocultaba una ciudad subterránea Capadocia: donde las civilizaciones vivían en cuevas
En mitad de una casa cualquiera, junto a una pila de cacharros viejos y en pleno proceso de reforma, se abrió un agujero en la pared que cambió la historia de
Capadocia. La grieta no reveló tesoros ni ruinas clásicas, sino algo mucho más desconcertante: una puerta hacia las profundidades de un mundo olvidado.
Bajo el suelo, sin que nadie se hubiera dado cuenta antes, apareció una
ciudad subterránea entera. Enterrada durante siglos, ignorada por los mapas, y sin una sola señal que delatara su existencia,
Derinkuyu llevaba mil años oculta justo debajo de los pies de sus propios habitantes.
El descubrimiento más improbable de una ciudad invisible
Antes de que se despejara siquiera el polvo de la obra, un pasillo oscuro ya conducía a más habitaciones, túneles y cámaras que no figuraban en ningún plano. La casualidad, o quizá la obstinación de un hombre al que se le escapaban los pollos por una rendija, desveló en 1963 una de las mayores estructuras subterráneas conocidas.
Se trata un
complejo de hasta 18 niveles que llegó a albergar a cerca de 20.000 personas junto a sus animales y provisiones. Aunque el nombre del descubridor no pasó a la historia, sí lo hizo la ciudad que encontró al tirar una pared.
El descubrimiento de Derinkuyu fue casual y por culpa de unas gallinas
Según explica
Andrea De Giorgi, profesor de estudios clásicos en la Universidad Estatal de Florida, “la geomorfología de la región favorece la excavación de espacios subterráneos”, y eso convirtió la roca volcánica de Capadocia en un lienzo excavable. La facilidad para tallarla con herramientas simples permitió que distintas civilizaciones excavaran y transformaran este sistema en un refugio, un almacén e incluso una escuela. El hallazgo, que ahora se puede visitar parcialmente, está considerado
Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1985. Sin embargo, el origen exacto sigue sin cerrarse. El trabajo inicial suele atribuirse a los
hititas, como explica
A. Bertini en su estudio sobre arquitectura rupestre mediterránea, “quienes pueden haber excavado los primeros niveles en la roca cuando fueron atacados por los frigios alrededor del 1200 a.C.”. De hecho, entre los pasadizos se han encontrado objetos que encajan con su periodo.
Aun así, fue durante la época bizantina cuando la ciudad alcanzó su máxima ocupación y complejidad. En ese momento, el uso defensivo se intensificó: los túneles se diseñaban con pasillos estrechos, puertas de piedra de media tonelada que solo podían moverse desde dentro y agujeros circulares para lanzar proyectiles o mantener a raya a los intrusos.
Vino, escuelas y animales: no era un escondite, era un hogar completo
Entre las funciones más curiosas destaca una
escuela misionera con techos abovedados, situada en el segundo piso. También hay bodegas, prensas para uvas y ánforas que, según De Giorgi, evidencian la
producción de vino. Todo sugiere que quienes vivían allí no lo hacían por unas horas ni unos días, sino por
temporadas completas. Por eso los animales se mantenían en los niveles más altos, tanto por la ventilación como para aprovechar el calor que generaban en invierno.
Los pozos de Derinkuyu son muy profundos
El aire y el agua eran esenciales, y la ciudad giraba en torno a ellos. El pozo principal, protegido en todo momento, se excavó hasta más de 55 metros y los pozos de ventilación superaban el medio centenar. Esos conductos estaban distribuidos de forma estratégica para asegurar el flujo de oxígeno, incluso durante un asedio. Así, lo que en la superficie parece una simple colina, escondía bajo tierra un sistema complejo que ninguna maqueta podría explicar del todo.
Hoy solo se pueden recorrer algunos niveles, y hacerlo tiene cierto efecto hipnótico: pasillos en curva, escaleras estrechas, habitaciones donde apenas entra la luz, y restos de una vida que se desarrollaba entre piedra, hollín y silencio. Bajo las casas de la actual Derinkuyu aún hay entradas privadas selladas. Más de 600 accesos distintos dan fe de que la ciudad subterránea no era un secreto. Simplemente, durante siglos, fue parte del suelo.