En 1973 no sabía leer. Aquel año, en Ciudad de México, muy lejos de mi estrenada andadura por la vida, demolieron la Librería de Cristal tras seis años de agonía luchando con una Administración ajena al Gobierno de Lázaro Cárdenas, el presidente que brindó acogida y hospitalidad a los exiliados españoles de la República en […]
LA JARDINERA DE LAS 13 ROSAS. Passolini en la Librería de CristalEn 1973 no sabía leer. Aquel año, en Ciudad de México, muy lejos de mi estrenada andadura por la
vida, demolieron la Librería de Cristal tras seis años de agonía luchando con una Administración
ajena al Gobierno de Lázaro Cárdenas, el presidente que brindó acogida y hospitalidad a los
exiliados españoles de la República en sus costas. En uno de aquellos barcos venidos de una España
ocupada violentamente por los franquistas, el Ipanema, viajaba el editor Rafael Jiménez Siles, más
tarde fundador de Edición y Distribución Iberoamericana de Publicaciones Sociedad Anónima, la
editorial EDIAPSA, a la que tanta gente en España debemos haber podido leer algo que mereciera
la pena en castellano.
En la pérgola de la Alameda Central de Ciudad de México se construyó la citada librería; el
arquitecto español Juan de la Calzada Gorostiza la nombró de Cristal en recuerdo al Palacio
homónimo de Madrid. Fue aquella una de las mejores librerías del mundo.
En 1985 sabía leer de sobra. Durante el verano sin brillo de aquel año leía por las noches a Cernuda,
a Aleixandre en ediciones de bolsillo fabricadas en un olor y una textura perdurables más allá de la
poesía. Poesía, narrativa, daba igual: toda historia terminaba en un lugar común: terminado de
imprimir en México. El mar nos traía de vuelta el pensamiento exiliado a un país hermano.
En 1975 quizás empezara a rellenar cartillas odiando a maestras que en lugar de ser enterradas con
el Dictador para hacerle compañía en el más allá, se quedaron en el más acá jodiéndonos la vida,
mientras otros se enfrentaban a lo mezquino, lo necio, lo malvado, lo egoísta y eran asesinados
brutalmente en un lugar apartado de testigos. Así murió Passolini en 1975.
Cuesta relatar cómo fue la muerte de Passolini. Cuesta mucho. Cada vez que lo intento, lloro.
En 1985 ya había visto Pajaritos y Pajarracos en la televisión, el inolvidable cuervo marxista, el
niño al que cada vez que gritaba desde su cama, ¿es ya de día?, le mandaban callar diciendo que
todavía era de noche para no tener que enfrentarle a un plato vacío: llevaba así dos días. La última
vez que estuvo levantado le dieron de comer sopa de nidos. ¿A qué sabe la sopa de nidos?, me
preguntaba envuelta en el calor insomne.
Imaginaba a Passolini en la Librería de Cristal. Pier Paolo caminando entre hileras de libros rozando
los cantos, agachándose, hojeando sin gafas, joven, vigoroso lector. Las manos en las páginas, los
ojos en las letras, el olor del papel escrito condensado en los rayos del sol atravesando los cristales
en todas direcciones como en el interior de una flor abierta antes del mediodía una mañana de
mayo. Encontrándose en las estanterías. Caminando el embaldosado de un país de libros donde no
tienen cabida los fascistas. Derrumbado en 1973.
2025: ¿ A qué sabe la sopa de nidos? ¿Quedan nidos para hacer sopa cuando bombardean
sistemáticamente la ciudad donde te han encerrado a morir de hambre cada día? ¿Queda aliento
para preguntar si ya es de día? ¿Tiene sentido expresar públicamente tener hambre entre miles de
hambrientos?¿Dónde están los asesinos de Passolini? ¿Están entre los genocidas de Palestina,
ejerciendo de limpiabotas con la lengua a la salida de una reunión del Consejo de la Unión Europea,
entre los que se reparten el suelo mineral de un Congo sembrado de muertos, entre los profesionales
del engaño intentando derrocar presidencias soberanas en Latinoamérica, entre los mercenarios
golpeando inmigrantes en EEUU o los voluntarios fascistas de Torre Pacheco, entre los votantes que
votan para que no le den una paga social a sus vecinos convencidos de que el Estado les roba,
preocupados no por el transporte, ni la sanidad, ni la educación pública, sino por la eventual
desgracia de que descienda su capacidad de consumo en los Mac Mierda?
¿Prosperaron los hijos de los asesinos de Passolini con el dinero pagado a sus padres por políticos,
banqueros y quién sabe qué servidores suyos? ¿Se convirtieron en inversores de una cadena de
crímenes convertidos en locales de comida rápida? ¿ Fueron practicantes del ocultismo, maestros de
la ocultación de la cobertura de sangre sobre los apellidos de los fascistas hijos de fascistas?
Quedaron vivos mientras nos mataban, quedaron vivos después de matarnos porque nadie les mató
a ellos. Porque matar a quien te sobra es cosa de fascistas, pero matar a quien te mata porque le da
la gana, no.
En 2025 soy vieja, dudo al escribir sobre la ortografía correcta, tengo pocas ganas de leer pero
mucho pendiente de ello, envuelta en el calor asfixiante de una ola interminable del cambio
climático predecible pero lejano en 1985, imagino sentada en mi escritorio nuevas librerías de
cristal. ¿Qué importa si no son aquella? Serán otras. Abrirán sus puertas a un sol de primavera
confundiéndose entre las flores en cuyo interior caminarán rodeados de saludos y estanterías bellos
Passolinis escritores en el bello acento de sus lenguas, pródigos en pensamiento, creadores de
bondad bien entendida, la que nos distingue, la que les sorprende en su irrefutable y obstinada
resistencia de existir, otorgándonos en los minutos de su sorpresa el tiempo para decidir qué hacer
con ellos.