En 2017, en Portugal había 400.000 extranjeros y la extrema derecha era casi inexistente. Ocho años después, alberga a cerca de 1,6 millones (el 15% de la población total) y la extrema derecha se ha impuesto como la segunda fuerza en el Parlamento. Atestiguada más o menos por toda Europa, la correlación entre el aumento […]
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BENOÎT BRÉVILLE. Hacer la pregunta adecuadaEn 2017, en Portugal había 400.000 extranjeros y la extrema derecha era casi inexistente. Ocho años después, alberga a cerca de 1,6 millones (el 15% de la población total) y la extrema derecha se ha impuesto como la segunda fuerza en el Parlamento. Atestiguada más o menos por toda Europa, la correlación entre el aumento de los flujos migratorios y el ascenso de las formaciones xenófobas parece casi algo automático (1). “El pueblo francés no quiere más inmigración”, deduce Marine Le Pen, antes de solicitar un referéndum. Pero ¿qué pregunta deberíamos plantear en él?
Volvamos a Portugal. En 2008, antes del reciente auge migratorio, el país, golpeado por la crisis financiera, se hallaba al borde de la bancarrota. A cambio de su ayuda, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea exigieron reformas; Lisboa debía “modernizar” su economía, esto es: privatizar, recortar gastos públicos y desregular el mercado laboral. Había que ganar en competitividad con el fin de atraer a los inversores. Portugal se desvivió para recibir una inyección de dinero fresco. En 2009, creó el estatuto de “residente no habitual” destinado a seducir a los trabajadores de cuello blanco y a los jubilados extranjeros por medio de una exención fiscal de diez años. Éxito inmediato. Tres años después aprobó la concesión de “visados de oro” (o “autorización de residencia por actividad de inversión”) con un acceso privilegiado a la ciudadanía para los extranjeros que sacaran a pasear la chequera. Sobre el sector inmobiliario cayó una auténtica lluvia de capitales. Por último, los gobiernos sucesivos lo apostaron todo al maná del turismo: abrieron enlaces aéreos low cost y liberalizaron los alquileres de vivienda de corta duración. Los turistas llegan por millones, con los bolsillos llenos de divisas.
La terapia parecía dar sus frutos. Portugal volvió a la senda del crecimiento en 2014, sus cuentas públicas se saldaban con superávit y su déficit público se reducía de año en año. El antiguo repetidor se convirtió en alumno modelo. Pero, por detrás de tan lisonjeras cifras, se iba imponiendo otra realidad. Tras la crisis financiera, la población del país experimentó un considerable éxodo que llegó a su pico en 2013, con 120.000 salidas —en 2023 todavía eran de 75.000—, en su mayoría jóvenes titulados. Además de verse privados de perspectivas en una economía de empleos no cualificados en el sector servicios, tampoco podían permitirse un alojamiento en las grandes ciudades, donde el precio de los alquileres se había doblado en menos de diez años. Cerca de un tercio de los portugueses de entre 15 y 39 años viven hoy en día en el extranjero.
Esta emigración aceleró el envejecimiento del país, que posee uno de los índices de fecundidad más bajos de Europa y donde en la actualidad hay dos personas mayores por cada joven. Ahora bien, no serán los septuagenarios los que laven los platos en los restaurantes, limpien las habitaciones de los hoteles o recojan frambuesas. De ahí que, a principios de la presente década, el país recibiera a brasileños, angoleños, indios, esrilanqueses o marroquíes. Puestos a jugar con los números, algunos estudios también señalan una correlación, aún más estrecha que la primera, entre emigración (tanto interior como internacional) y avance de la extrema derecha (2). Y ello debido, por un lado, a que esas salidas dejan algunos territorios sin votantes jóvenes y titulados —menos inclinados a votar a favor de partidos xenófobos— y, por otro, a que modifican la conducta política de la población que se queda en regiones sumidas en una crisis. Así que, si Portugal hubiera de organizar un referéndum sobre las migraciones, ¿cuál debería ser la pregunta? ¿Desea expulsar a la mano de obra extranjera, explotada, mal pagada y que se ha vuelto indispensable para la economía de un país en declive demográfico? ¿Desea poner fin a las políticas que engendran el éxodo de la juventud y transforman el país en un centro vacacional para jubilados pudientes y nómadas digitales (1) “Has immigration contributed to the rise of rightwing extremist parties in Europe?”, Instituto de Investigación Económica (IFO), Universidad de Múnich, julio de 2020. (2) Rafaela Dancygier, “Emigration and radical right populism”, American Journal of Political Science, vol. 69, n.° 1, Malden, enero de 2025.
Benoît Bréville, Director de Le Monde diplomatique (editorial agosto 2025)