Infantino no debe dimitir. A Infantino hay que echarlo. Gianni Infantino ha dejado de ser un presidente capaz de representar con dignidad al fútbol mundial. No basta con pedir su dimisión. Ha llegado el momento de exigir su relevo al frente de la FIFA. No porque antes la FIFA fuera un ejemplo de transparencia. Nunca […]
https://diario-octubre.com/2026/07/17/infantino-no-debe-dimitir-a-infantino-hay-que-echarlo/Infantino no debe dimitir. A Infantino hay que echarlo.
Gianni Infantino ha dejado de ser un presidente capaz de representar con dignidad al fútbol mundial. No basta con pedir su dimisión. Ha llegado el momento de exigir su relevo al frente de la FIFA.
No porque antes la FIFA fuera un ejemplo de transparencia. Nunca lo ha sido. Durante décadas ha convivido con escándalos de corrupción, intereses económicos y luchas de poder. Pero con Infantino la institución ha dado un paso más: ha dejado de dar la sensación de proteger el fútbol para convertirse en la principal defensora de un modelo donde el negocio está por encima del deporte.
El fútbol ya no parece ser el objetivo. Es simplemente el producto.
Este Mundial ha dejado una profunda crisis de credibilidad. No porque exista una prueba definitiva de que se hayan manipulado los resultados, sino porque millones de aficionados han dejado de confiar plenamente en la igualdad de condiciones de la competición.
Las sospechas sobre un posible trato de favor hacia Argentina no son una teoría marginal nacida en las redes sociales. Han sido expresadas públicamente por jugadores, entrenadores, periodistas y analistas deportivos, así como por varias de las selecciones que se enfrentaron a Argentina durante el torneo. Las polémicas arbitrales, determinadas decisiones disciplinarias y el propio desarrollo del cuadro competitivo han alimentado una percepción de favoritismo que la FIFA no ha sabido despejar con la transparencia que exige una competición de este nivel.
Y esa es precisamente la cuestión.
Cuando la máxima organización del fútbol mundial permite que se instale una duda tan profunda sobre la limpieza del torneo, ya ha fracasado en una de sus obligaciones fundamentales.
La credibilidad también se resquebrajó con un episodio absolutamente insólito.
Por primera vez en la historia de un Mundial, la FIFA suspendió la sanción derivada de una tarjeta roja para permitir que un jugador estadounidense pudiera disputar el siguiente encuentro. Donald Trump reconoció públicamente haber llamado personalmente a Gianni Infantino para solicitar la revisión de esa expulsión. Aunque la FIFA sostiene que la decisión correspondió a sus órganos disciplinarios independientes, el episodio abrió una enorme polémica internacional y alimentó la percepción de que el poder político podía influir sobre decisiones que deberían ser exclusivamente deportivas.
La independencia de una institución no solo debe existir.
También debe parecerlo.
A ello se sumaron otras decisiones difíciles de justificar, como las controversias relacionadas con la participación de la selección de Irán bajo las restricciones impuestas por Estados Unidos o la imposibilidad de que un árbitro somalí que había logrado clasificarse pudiera ejercer sus funciones debido a problemas de acceso al país organizador.
Todo ello proyectó una imagen de una FIFA incapaz de garantizar que todos los participantes fueran tratados en condiciones de auténtica igualdad.
Pero el problema de Infantino va mucho más allá de las polémicas arbitrales o disciplinarias.
Su mayor legado puede acabar siendo haber culminado la transformación definitiva del fútbol en un gigantesco negocio.
Las pausas de hidratación, concebidas originalmente para proteger la salud de los futbolistas en condiciones extremas de calor, aparecen hoy incluso cuando esas circunstancias apenas existen. Resulta difícil no preguntarse hasta qué punto responden también a necesidades comerciales y televisivas.
Cada minuto del partido debe producir ingresos.
Cada pausa debe vender publicidad.
Cada competición debe generar más beneficios.
Y mientras tanto, el aficionado desaparece del centro del fútbol.
Asistir a un Mundial se ha convertido en un privilegio reservado para unos pocos. Miles de dólares por una entrada expulsan a la inmensa mayoría de los aficionados de los estadios.
El fútbol nació en los barrios obreros.
Hoy muchas finales solo pueden vivirlas desde la grada quienes poseen un poder adquisitivo extraordinario.
Los demás deben conformarse con mirar desde casa.
Y ni siquiera eso resulta ya sencillo.
Quienes crecimos viendo los Mundiales en televisión abierta recordamos una época en la que prácticamente todos los partidos podían seguirse gratuitamente. Hoy buena parte de esos encuentros están repartidos entre plataformas de pago. El fútbol ha dejado de concebirse como un patrimonio popular para convertirse en un producto de suscripción.
Todo tiene precio.
Todo se vende.
Todo se monetiza.
Nos han robado el fútbol.
No solo a los argentinos, a los españoles o a cualquier otra afición.
Se lo han robado al pueblo.
Porque el fútbol nació como el deporte de la clase trabajadora y hoy, cada vez más, parece diseñado para fondos de inversión, patrocinadores multinacionales y clientes VIP.
Ese modelo no comenzó con Gianni Infantino.
Pero difícilmente puede encontrarse hoy un dirigente que lo represente mejor.
Por eso el debate ya no consiste únicamente en juzgar a una persona.
Se trata de decidir qué fútbol queremos.
Uno gobernado por intereses económicos, donde la credibilidad se erosiona torneo tras torneo y donde el aficionado es tratado como un consumidor.
O un fútbol que vuelva a situar la igualdad competitiva, la transparencia y el acceso popular en el centro del deporte más importante del planeta.
Porque cuando millones de personas empiezan a dudar de la imparcialidad de una competición, cuando la política parece llamar a la puerta de los despachos de la FIFA y cuando el dinero termina condicionándolo absolutamente todo, ya no basta con pedir explicaciones.
Ha llegado el momento de cambiar a quienes dirigen este modelo.
Infantino no debe dimitir.
A Infantino hay que echarlo.
André Abeledo Fernández