Le Monde Diplomatique, agosto 2025 Casi diez años atrás, la victoria del brexit y, más adelante, la de Donald Trump, llevaron a unos liberales en desbandada a recodificar el espacio ideológico de una manera lo bastante primitiva como para que nadie se llevara a engaño. El bando de los malvados “populistas” y “autoritarios” sumaba, un poco a […]
SERGE HALIMI y PIERRE RIMBERT. El lobby pro-Israel en FranciaLe Monde Diplomatique, agosto 2025Casi diez años atrás, la victoria del
brexit y, más adelante, la de Donald Trump, llevaron a unos liberales en desbandada a recodificar el espacio ideológico de una manera lo bastante primitiva como para que nadie se llevara a engaño. El bando de los malvados “populistas” y “autoritarios” sumaba, un poco a la buena de Dios, a Trump, Vladímir Putin, Xi Jinping, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro, etc. Por otro lado, el bando de los buenos —“liberales” y “progresistas”— reunía a dirigentes como Angela Merkel, Hillary Clinton, Joseph Biden, Justin Trudeau o Emmanuel Macron (
1).
Esta redistribución de fracturas y alianzas en el mundo occidental se topaba, no obstante, con un obstáculo: Israel. Demócratas o autócratas, los gobiernos europeos, y más aún los estadounidenses, se cuidaban de sancionar y hasta de criticar demasiado desabridamente las actividades ilegales de este país y de sus gobernantes. El primer ministro israelí —amigo de Trump, ídolo de Bolsonaro y celebrado por el primer ministro húngaro— no ocultaba, sin embargo, su hostilidad hacia el Estado de derecho; su inculpación en 2019 por fraude, corrupción y abuso de confianza habría bastado para descalificar a cualquier otro dirigente “populista”, sobre todo si fuera de izquierdas.
Mientras los gobiernos liberales francés, alemán, británico, etc. trataban con deferencia a Benjamín Netanyahu, la extrema derecha europea lo cortejaba y respaldaba el carácter etnonacional de su Estado. Pero todos, o casi todos, se dedicaban a mirar a otro lado. La mayoría de las democracias liberales, su prensa y sus intelectuales de cabecera se “olvidaban” de incluir al líder del Likud en la “internacional reaccionaria” contra la cual decían luchar.
Solo una década más tarde, nadie puede ya alegar un mero descuido: la política israelí es el elefante en la cacharrería de las normas internacionales. Netanyahu, que gobierna en coalición con unos supremacistas que nada tienen que envidiar al Ku Klux Klan estadounidense de tiempos pretéritos, ha invadido Líbano y Siria, bombardeado Irán y Yemen, arrasado Gaza —exterminando a parte de su población y llevando a la otra a la hambruna—, dado nuevo impulso a la colonización en Cisjordania y consolidado un régimen de
apartheid en Israel. Desde el pasado noviembre, también es objeto de una orden de arresto internacional por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Imaginemos la reacción de las potencias occidentales si el territorio israelí sufriese una invasión y, a lo largo de un par de años, día tras día varias decenas de civiles israelíes fueran asesinados por un ejército de ocupación árabe. Y, para colmo, a la vista de todos, ya que, como recordaba la abogada Blinne Ni Ghrálaigh el 11 de enero de 2024 al hablar de Gaza en nombre de Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia (TIJ), “se trata del primer genocidio de la historia en el cual las víctimas difunden en directo su propia destrucción confiando desesperada y, de momento, vanamente en que el mundo haga algo” (
2).
Es obvio que semejante indulgencia de los círculos dirigentes occidentales —en principio demócratas— hacia un gobierno extranjero hasta tal punto opuesto a los valores que pregonan habría sido juzgada sospechosa (o monstruosa). Se habría sospechado alguna turbia razón de Estado, intereses petroleros (como los formulados para explicar la benignidad para con Arabia Saudí), la necesidad de unos accionistas de recursos ilimitados para adquirir un club de fútbol en quiebra (como en el caso de Qatar) o ventas de armas cuyos destinatarios prioritarios rara vez son democracias irreprochables. Sin olvidarnos de la corrupción. Ahora bien, el apoyo a Israel tiene otras explicaciones, y no es lo menos relevante el hecho de que no se pongan de relieve.
Así, apenas pasa semana sin que la revista
Le Point saque en portada un nuevo complot islamista-izquierdista, o bien células de espías rusos o de
influencers argelinos, chinos o cataríes. Podemos jugarnos lo que sea a que antes se interesará por el
lobby nepalí, peruano o monegasco que investigará sobre el de Israel. El pasado 26 de junio, el semanario denunciaba en portada “Las redes de los mulás en Francia: cómo manipulan a periodistas, investigadores y políticos”. “La República Islámica de Irán —advertía— se ha infiltrado en casi todos los estratos del ámbito mediático, el político y el universitario franceses”. ¿Irán? ¿En serio? Sin embargo, días antes de estas deslumbrantes revelaciones de
Le Point, ni el presidente ni el Ministerio de Exteriores franceses habían condenado las incursiones aéreas de Israel —seguidas de la de Estados Unidos— contra este país, pese a tratarse de una violación del derecho internacional perfectamente tipificada.
Por lo demás, ¿hay quien pueda citar diez nombres —o cinco, o al menos tres— de periodistas o investigadores de primer orden que hayan actuado sistemáticamente de defensores de Irán en Francia? Por el contrario, si de Israel se trata, no hace falta ir muy lejos para encontrar a esos tres incondicionales, si no más. Nos bastaría con buscarlos en las páginas de
Le Point: el columnista Franz-Olivier Giesbert, el director Étienne Gernelle o el especialista en internacional Luc de Barochez, sin olvidarnos del
influencer en jefe, articulista del semanario, editor en Grasset (propiedad del Grupo Bolloré), presidente del Consejo Supervisor del canal Arte y confidente de cabecera del presidente de la República: Bernard-Henri Lévy.
¿Por qué, entonces? ¿Por qué una potencia nuclear como Francia, miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, actúa tan a menudo como cómplice silencioso o coche escoba de un “Estado canalla”? Podemos proponer tres explicaciones. Por un lado, la progresiva adhesión de París a una “diplomacia de los valores” que postula la superioridad civilizatoria y moral de un Occidente del que Israel viene a ser su soldado destacado en el Levante. Por otro, una recomposición política francesa que aclimata en el país el discurso de la guerra de civilizaciones con vistas a unir a la derecha, la extrema derecha y los macronistas en su lucha contra una izquierda que se asocia a inseguridad, islamismo y antisemitismo. Y, por último, la eficacia del
lobby proisraelí en Francia.
El gran retroceso de FranciaA diferencia de la expresión “
lobby judío” (
3) —a menudo sacado a colación en apoyo de tesis conspirativas—, el
lobby proisraelí designa a las fuerzas (no necesariamente judías) que apoyan en todo momento crucial la política de este Estado. En Estados Unidos reúne a actores tan disímiles como los grupos de presión oficiales (el American Israel Public Affairs Committee, o AIPAC, por ejemplo) y las iglesias evangélicas, convencidas de que la instauración de un Estado hebreo precipitará el regreso de Jesús y el triunfo de Dios. El
lobby proisraelí en Francia está conformado por una galaxia no menos dispar: organizaciones consolidadas como el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia (CRIF), alineado con el Likud; grupos parlamentarios de amistad como la Asociación Francia-Israel; medios de comunicación comunitarios (Radio J); personalidades sinceramente comprometidas con la defensa a cualquier precio de un Estado que consideran un refugio para los judíos; y, por último, un revoltijo más informal de figuras y medios de comunicación en lucha contra el islam y que tienen a Israel por el batidor tras las líneas enemigas. En épocas de crisis, es esta nebulosa la encargada de dar difusión a las consignas propagadas por Tel Aviv.
Estos tres factores —diplomático, político y de influencia— se imbrican y se refuerzan mutuamente. Se observan con singular claridad en la prensa francesa conservadora. Cuando de buscar
lobbies al servicio de una potencia extranjera se trata, la ceguera (voluntaria) manifestada por
Le Point se advierte también en otras partes.
Le Figaro Magazine denunció recientemente a dos parlamentarios: uno de ellos era un supuesto agente al servicio de Argelia, y el otro, de Hamás (11 de julio de 2025). Ambos del partido de izquierda La Francia Insumisa, faltaría más. A la revista
Marianne también le preocupa “Una Francia bajo influencia” (12 de junio de 2025). Pero que no cunda el pánico: tampoco aquí se refieren a Israel, sino a Qatar.
¿Cómo se justifica esta miopía tan favorable a Tel Aviv? Preguntado a este propósito el pasado 24 de junio en CNews por la periodista Sonia Mabrouk, Bernard-Henri Lévy (BHL) ofreció una explicación de lo más esclarecedora: “Claude Lanzmann dirigió un documental llamado
Pourquoi Israël (‘Por qué Israel’), y la respuesta de Claude Lanzmann era la siguiente: porque el destino de Occidente depende de él. […] Si Israel no hubiera nacido o acabara desapareciendo, para Occidente sería un derrumbe simbólico y moral de tal calibre que no podría recuperarse”.
La naturaleza moral y democrática de Israel, rodeado de Estados que, por lo visto, no son ni lo uno ni lo otro, pertenece al arsenal ideológico de los propagandistas de Tel Aviv desde el nacimiento de este Estado. Según ellos, Israel tiene tanto más “derecho a defenderse” por cuanto defiende también nuestra democracia.
Pourquoi Israël, realizado por Lanzmann en 1972 y 1973, se esforzaba por rechazar la tesis del hecho colonial. El documental se abre con imágenes de Gert Granach, un antiguo miembro del Partido Comunista de Alemania, canturreando un canto antihitleriano de los espartaquistas berlineses. En la película aparecen una poeta, militantes de izquierda que escaparon al genocidio, una joven pacifista y el secretario de un kibutz. En resumen: un Israel que pertenece al pasado. De los antiguos comunistas alemanes, apenas queda un puñado: han sido reemplazados por los votantes franceses de Éric Zemmour en Israel, que en la primera vuelta de las elecciones presidenciales le dieron el 53,59% de sus votos al experiodista de extrema derecha de Le Figaro y CNews (ocho veces más que los resultados que obtuvo en territorio nacional). Y hoy daríamos un respingo si oyéramos a un general israelí afirmar —como hizo uno de ellos en la siguiente película de Lanzmann,
Tsahal (1994)— lo siguiente: “Nuestro ejército es puro, […] no mata a niños. Tenemos conciencia y valores y, gracias a nuestra moral, hay pocas víctimas”. Treinta años después, las fuerzas israelíes han convertido a Gaza en un matadero en el que atacan y matan deliberadamente a periodistas y rescatistas. Pero qué más da, ya que BHL repite, imperturbable: “Jamás he visto un ejército (esto tal vez no guste, pero es así) que tome tantas precauciones como el Ejército israelí para que haya el menor número posible [esto lo articula destacando cada sílaba] de víctimas” (LCI, 6 de octubre de 2024).
La derecha y la extrema derecha ofrecen una respuesta más acorde con la realidad a la pregunta de Lanzmann. ¿Por qué Israel? Pues porque ofrece a los más radicales de ellos una utopía etnonacionalista que pone el énfasis en la seguridad: una sociedad viril, dura, militarizada, en guerra contra los musulmanes. Y bien decidida a convertirlos, en el mejor de los casos, en ciudadanos de segunda, y en el peor, en sospechosos de terrorismo sometidos a incesantes controles por medio de las técnicas más avanzadas de inteligencia artificial y videovigilancia. ¿Hasta el punto de que “¡Mañana en Jerusalén!” podría llegar a ser algún día el eslogan de los supremacistas que sueñan con dar a “sus” árabes el mismo trato que Israel reserva a los palestinos? En todo caso, no cuesta entender que el
lobby proisraelí sea diez veces más poderoso a la derecha del tablero político europeo.
También ha sacado partido de la reorientación que ha experimentado la diplomacia francesa en los últimos veinte años. Hubo un tiempo en el que se hablaba de una “política árabe de Francia”. Y se recordaban imágenes que habían quedado clavadas en la memoria: la conferencia de prensa del general De Gaulle el 27 de noviembre de 1967, en la cual observó que Israel “organiza en los territorios que ha tomado una ocupación que no puede realizarse sin oposición, represión y expulsiones. Y se manifiesta contra él una resistencia que, a su vez, califica de terrorismo”; el accidentado viaje de su sucesor, Georges Pompidou, a Estados Unidos, cuando el 1 de marzo de 1970 unos manifestantes indignados por un embargo sobre las entregas de armas francesas a Israel increparon al presidente y su esposa; la pregunta fingidamente ingenua del ministro francés de Asuntos Exteriores Michel Jobert cuando, en octubre de 1973, le preguntaron sobre la ofensiva que Egipto y Siria acababan de emprender contra Israel: “¿Acaso el intento de volver a pisar la propia casa necesariamente constituye una agresión imprevista?”; el enfado del presidente Jacques Chirac ante las provocaciones de una policía israelí que, el 22 de octubre de 1996, durante una visita a Jerusalén, le impidió saludar a los habitantes del barrio musulmán de la ciudad; y, por supuesto, el discurso de Dominique de Villepin el 14 de febrero de 2003, en el que se opuso a la guerra de Irak, apartándose así de varios Estados europeos decididos a embarcarse en aquella desastrosa aventura. Pero los días de gloria acabaron ahí: de algún modo, fue el canto del cisne de la “voz de Francia”.
Y luego, el gran retroceso: la reintegración completa de Francia en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), anunciada por el presidente Nicolas Sarkozy en Washington, en noviembre de 2007. Fue entonces cuando se percibió el final de la singularidad francesa en el bloque occidental. Al dar preeminencia a las tomas de posición europeas sobre las nacionales, Macron banaliza una costumbre que llevará a la sustitución de una política sobre Oriente Próximo original y respetada por un seguidismo del tándem israelí-estadounidense que concuerda con las preferencias de Alemania, Austria, Italia, los Países Bajos y varios antiguos miembros del Pacto de Varsovia.
Tan pronto como la Unión Europea debe tomar una decisión diplomática —ya sea un acuerdo de asociación o unas sanciones—, el resultado está decidido de antemano. Preguntada por la razón por la cual Europa sanciona sin descanso a Rusia mientras hace la vista gorda con Israel, la responsable de política exterior de la UE, Kaja Kallas, ofreció esta esclarecedora respuesta: “Presionamos a Israel todo lo que podemos. La diferencia estriba en que, en el caso de Rusia, las cosas son bastante binarias y todos los Estados miembros comparten la misma opinión, mientras que sobre Israel hay puntos de vista muy distintos” (
La Tribune Dimanche, 13 de julio de 2025). Dicho de otro modo: que el primer “paquete de sanciones” contra un Ejército armado hasta los dientes que masacra a civiles indefensos mientras publica regocijados vídeos en Instagram tardará lo suyo en ser despachado por la mensajería bruselense. La política exterior de la Unión Europea constituye, pues, la principal palanca israelí para influir en la diplomacia francesa.
Determinación antiislamistaLos efectos de esta deslocalización riman con la evolución de la postura de los grandes partidos franceses sobre Oriente Próximo. La derecha gaullista mantenía buenas relaciones con las capitales árabes sensibles a la suerte de los palestinos —Argel, Túnez, Beirut— y protegió a Yasir Arafat hasta su muerte en el hospital militar de Clamart. Hoy, los partidos que se declaran seguidores del general De Gaulle y de Chirac, como Los Republicanos (LR), rivalizan en proclamas proisraelíes, señal —desde su punto de vista— de su determinación antiislamista. El 26 de septiembre de 2024, el hijo de Nicolas Sarkozy, Louis, niño mimado de la cadena de televisión LCI y de su presentador estrella Darius Rochebin, comentaba en los siguientes términos la eliminación por parte de Tel Aviv del Estado Mayor del partido libanés Hezbolá: “Creo que hablo por muchos franceses cuando digo: ‘¡Que se mueran!’. Aquí Israel está haciéndole el trabajo a la humanidad. En esto, ningún remordimiento: ¡que se mueran todos!”. Tras aquel golpe de efecto, la popularidad de Louis Sarkozy subió como la espuma entre Los Republicanos y fue agraciado con una nueva tribuna mediática: a
Valeurs actuelles y LCI, se le añadirá la cadena de radio RMC a la vuelta de vacaciones.
Nada tiene de extraño que Reagrupamiento Nacional y sus medios de comunicación más incondicionales aprueben las actividades del Gobierno israelí desde las masacres perpetradas por Hamás el 7 de octubre de 2023. Su afinidad política con Netanyahu les brinda la oportunidad inesperada de deshacerse de sus antecedentes antisemitas y aplaudir sin que nadie se lo reproche una operación de limpieza étnica a gran escala y de expulsión masiva de “árabes”. Puesto que se da ya por sentado que “Israel tiene derecho a defenderse” con mano más que dura, ¿cómo seguir echándoles en cara a las personalidades más señaladas en materia de lucha contra la inmigración lo excesivo de su discurso y la ferocidad de sus exigencias? Nada de lo que dicen o reclaman puede compararse con lo que Israel está infligiendo a Palestina.
La benevolencia de las formaciones liberales se explica con más dificultades. Entre octubre de 2023 y la primavera de 2024, sus dirigentes apoyaron —a veces de manera “incondicional”— la política israelí de extrema derecha en Gaza y, más adelante, en el Líbano, como la presidenta de la Asamblea Nacional francesa Yaël Braun-Pivet, el ministro Benjamin Haddad y su colega Aurore Bergé, todos ellos macronistas. “Israel es nuestra primera línea de defensa contra el terrorismo”, tuiteó esta última el 13 de noviembre de 2019. En París, al igual que en Berlín o Londres, las autoridades, pese a su empeño en oponer su liberalismo a las prácticas de los regímenes autoritarios, también han reprimido, e incluso criminalizado, las manifestaciones políticas o artísticas de solidaridad con los palestinos, bien calificándolas de apología del terrorismo, bien tachándolas de antisemitas.
“¿Gaza? Una tragedia, qué duda cabe, pero es que el 7 de octubre…”. Este estribillo lleva más de un año sonando casi sin interrupción. Ahora bien, a principios de marzo de 2025, el Gobierno dirigido por Netanyahu rompió el acuerdo de alto el fuego al que se había llegado con Hamás el 15 de enero del mismo año —bajo la tutela de Washington— y ordenó condenar a la hambruna a una población agotada y disparar sobre las muchedumbres que tratan de conseguir agua o alimentos. La explicación del “7 de octubre”, por tanto, ya no basta. En París, la clase dirigente se ha dado cuenta de que acaso llegue el día en que se le reproche una adhesión demasiado enérgica a los crímenes cometidos en Gaza. Macron ha acabado juzgando “inaceptable” la actitud de aquel a quien, en 2017, llamaba “querido ‘Bibi’”. A principios de junio,
Le Nouvel Obs publicó una carta abierta de 153 “amigos de Israel” —periodistas, intelectuales, empresarios, diplomáticos— alarmados por el encarnizamiento asesino de Tel Aviv. Pero incluso esta muestra de rebeldía fue de breve duración, como lo atestiguan las reacciones occidentales a los bombardeos israelíes sobre Irán del pasado 13 de junio. Nueve días después, los dirigentes de Francia, Alemania y el Reino Unido formularon sus admoniciones… al país agredido: “Le pedimos encarecidamente a Irán que no emprenda otras acciones susceptibles de desestabilizar la región”. Imagínese por un momento que se hubieran dirigido de ese modo a Ucrania antes que a Rusia…
Y eso que la simultaneidad de ambos conflictos hace que su comparación resulte de lo más reveladora. Por un lado, la Unión Europea ha impuesto 17 paquetes de sanciones contra Moscú, ha congelado sus cuentas, prohibido a sus atletas que participen en competiciones deportivas, censurado los medios que divulgaban sus tesis y entregado armas al país invadido. Por el otro, nada, salvo la revisión —un tanto abochornada, a decir verdad— de los acuerdos de cooperación con el agresor, acompañada de reprimendas cuando mata a demasiados civiles de golpe. Pero solo son palabras y, como resume la periodista Nesrine Malik, “no hacen sino rebotar en la cúpula de impunidad de Israel” (
The Guardian, 26 de mayo de 2025).
La crítica del apoyo francés a Tel Aviv se estrella contra una serie de argumentos con frecuencia idénticos entre sí. En el ejercicio de su “derecho a defenderse”, Israel mata a civiles palestinos, lo cual es muy triste. Pero, para empezar, la culpa es de Hamás, que se vale de ellos como escudos humanos y, por otro lado, las democracias a veces deben resolverse a utilizar grandes remedios, como hiciera Estados Unidos en Hiroshima (la idea fija de Darius Rochebin, de LCI). Además, ¿por qué —si no por antisemitismo— tomarla con Israel en vez de fijarse en el Congo o en Darfur? A este argumentario se le añade un vocabulario que trata de establecer en la mente de los espectadores una correspondencia entre los atentados del 7 de octubre y los del Bataclan o
Charlie Hebdo siete u ocho años antes. Si “Hamás = Estado Islámico”, entonces franceses e israelíes se enfrentan al mismo enemigo. Y quien no califique de “terrorista” a Hamás se vuelve culpable de antisemitismo y, a la vez, de complicidad con los hermanos Kouachi.
Acuñados por las autoridades israelíes, estos motivos (
4) ingresan sin problema en la cámara de eco de la prensa de derechas y las cadenas de información continua en las que el
lobby proisraelí ha instalado su cuartel general. El 23 de octubre de 2024, Netanyahu recibió a la periodista Laurence Ferrari en Jerusalén para desarrollar su argumentario: “También luchamos por ustedes. Es una guerra de la civilización contra la barbarie. Nuestra guerra es común. Nuestra batalla es su batalla. —Una vez salmodiado su credo, el primer ministro felicitó a la estrella de CNews—: Valoro el hecho de que su cadena luche por la libertad, ya que ustedes luchan por la civilización judeocristiana, que tanto ha aportado al mundo y que se ve atacada por el fundamentalismo islámico”. Invitada siete meses después a una gala de apoyo al Ejército israelí apadrinada por su portavoz Olivier Rafowicz, Ferrari recibió —junto con el también periodista Franz-Olivier Giesbert— la Medalla de los Justos por “su ferviente apoyo a Israel y a la diáspora” (
5). El coronel Rafowicz también hizo entrega de una medalla a Benjamin Duhamel, presentador impecablemente disciplinado de BFM TV, al que France Inter acaba de reclutar para presentar su programa matinal en sustitución de Léa Salamé. El 7 de octubre de 2024 lo felicitó diciendo: “Afirmo que su cadena hace un excelente trabajo en lo que se refiere a la presentación del conflicto”.
La conformidad de algunos intelectuales con las prioridades del Gobierno de Tel Aviv no necesariamente se caracteriza por su gran sutileza. El pasado 24 de junio, cuando Trump acababa de anunciar un alto el fuego entre Israel e Irán, Sonia Mabrouk recibió en el plató a BHL y el
influencer se puso a despotricar contra el presidente estadounidense: “¿Para qué me meto? Sinceramente, ¿quién es él para ordenarle a Israel… y a Irán, pero vaya, para ordenarle a Israel un alto el fuego?”. Siete minutos después de iniciada la entrevista, Mabrouk señaló de repente: “Ahora, el Gobierno israelí afirma que ha cumplido todos sus objetivos en suelo iraní”. BHL, encarnación de una independencia de pensamiento que el mundo entero envidia, ejecutó entonces en directo un espectacular salto mortal hacia atrás: “Bueno, de acuerdo, si Israel… A ver, no quiero ser más papista que el papa ni más israelí que los israelíes, yo soy francés, así que, si los israelíes así lo creen, pues muy bien”. A Mabrouk no le quedó otra que consolar a su invitado poniendo un vídeo promocional de su último largometraje sobre Ucrania,
Notre guerre, emitido una vez más por la televisión pública.
Israel, ¿un aliado?El
lobby proisraelí no se limita a estar presente en los medios de extrema derecha ni en las mangas de viento infladas por Tel Aviv o Kiev. Su credibilidad reside en que incluye a una parte del centro y de la izquierda que se adhiere al motivo de la “guerra común” y defiende a Israel no como un modelo, sino como un aliado: una fortaleza ilustrada amenazada por el oscurantismo islamista. Tan pronto como aumentan las tensiones en Oriente Próximo, una red informal de personalidades la emprende contra los simpatizantes de la causa palestina —asimilados a Hamás—, y en especial contra La Francia Insumisa: Sophia Aram, humorista oficial de France Inter y galardonada con el premio del CRIF 2025; Philippe Val, exdirector de
Charlie Hebdo y de France Inter; Frédéric Haziza, locutor estrella en Radio J e invitado de lujo en
Le Canard enchaîné, al que alimenta de chismes políticos; el ensayista Raphaël Enthoven, cofundador junto con Caroline Fourest del periódico
Franc-Tireur; el imán de Drancy Hassen Chalgoumi; Élisabeth Lévy, fundadora de la revista
Causeur; o Amine el Khatmi, antiguo miembro del Partido Socialista y cofundador de Printemps Républicain (‘Primavera Republicana’), un movimiento fundamentalista en defensa de la laicidad. La exdirectora de
Marianne, Natacha Polony, ha apuntado la deriva de esta nebulosa, a la que ella misma estuvo cercana: “La corriente afín a Printemps Républicain (creado en marzo de 2016, tras la serie de atentados) se ha desplazado hacia la defensa, no solo de Israel, sino también de la política de Benjamín Netanyahu”, señalaba en
Marianne el 2 de enero de 2025. El semanario ha seguido la misma trayectoria, con el despido de Polony a instancias de los accionistas para ser sustituida por una periodista neoconservadora.
La pedagogía del discurso proisraelí penetra también gracias a los “análisis” encargados a especialistas en sintonía con Tel Aviv. Cuando opina sobre Oriente Próximo en
Le Figaro Magazine, el ensayista Frédéric Encel —entrevistado con seis meses de intervalo por el periodista Alexandre Devecchio, cercano a la extrema derecha— señala, haciendo gala de modestia, que “a diferencia de demasiados activistas charlatanes y/o dogmáticos”, es autor de “numerosos trabajos universitarios sobre el asunto”. Su sentido del equilibrio inspira respeto, ya que en un caso celebra “el gran éxito del sionismo y también de Israel, que han logrado reapropiarse del uso de la fuerza”, mientras que, en otro, tal “reapropiación” no le parece de tan buena ley: “Me incomoda la instrumentalización de la causa palestina por una parte de las fuerzas políticas occidentales; en el caso que nos ocupa, la extrema izquierda, por desgracia vinculada a fanáticos, los Hermanos Musulmanes y sus tontos útiles” (
6). Y eso que la lista de sus errores de pronóstico debería inclinar a este especialista a mostrar algo más de humildad. El digital Blast, que ha subrayado sus manifestaciones de jactancia, señala que estas, de hecho, han acelerado la frecuencia de sus apariciones en los medios de comunicación: France Info, France Inter, France Culture, RMC, BFM TV, RTL, Arte, RTS, pero también
Libération,
Marianne,
Le Figaro y
La Voix du Nord. “Lista no exhaustiva”, aclaran en
Blast (
7). Es más, TF1 y LCI también figuran entre los trofeos de caza de Encel. Ya en 2013 admitía sentirse satisfecho: “En su conjunto, la situación… Iba a decir que ‘está controlada’, pero, de hecho, es más bien favorable. Desde luego, por todas partes se encuentran medios de comunicación equilibrados y honestos que se muestran a favor de Israel” (
8).
Dominique Reynié no es un especialista en Oriente Próximo, pero eso no le impide al director de la Fundación por la Innovación Política hablar del asunto, también en France Inter, donde tiene una columna radiofónica. El 16 de junio de 2025 se emitió su análisis sobre la solución de los dos Estados, rechazada según él por los palestinos. Los tres minutos de los que disponía no fueron óbice para que mencionara las declaraciones antisemitas del muftí de Jerusalén en 1922, pero no le dieron tiempo para recordar que, 73 años más tarde, un extremista judío hostil al Estado palestino previsto por los Acuerdos de Oslo (1993) había matado con dos balazos por la espalda al primer ministro israelí Isaac Rabin, firmante de dichos acuerdos junto con Arafat. Reynié, que debía de estar distraído, tampoco comentó que el 18 de julio de 2024 el Parlamento israelí aprobó, gracias a una aplastante mayoría de 68 votos contra 8, una resolución que “se opone firmemente a la creación de un Estado palestino al oeste de Jordania”.
Las mentiras por omisión de nuestro profesor de ciencias políticas coinciden con los alegatos proisraelíes desarrollados por otro especialista, el historiador Georges Bensoussan.
Le Figaro Magazine, CNews y
Le Point se lo rifan, tal es su falta de reparos a la hora de reproducir las tesis de Netanyahu: los soldados israelíes “han logrado, pese a todo, que la proporción de víctimas civiles sea muy baja”, han “aportado [a Gaza] la posibilidad de vivir y sobrevivir” organizando, por ejemplo, “una campaña de vacunación contra la poliomielitis”. Según él, la acusación de genocidio es “en sí misma grotesca”, ya que la población gazatí pasó de 400.000 habitantes en 1967 a 2.300.000 en 2023, etc. A uno le daría por pensar que los palestinos no valoran en su justa medida la suerte que tienen de ser ametrallados por un ejército tan considerado.
Bruno Tertrais, investigador asociado en el Instituto Montaigne —experto él también y con tan poco de propagandista como los anteriores—, considera que “se piense lo que se piense de la estrategia militar de Israel, no hay bombardeos deliberados contra civiles” y lamenta que los palestinos gocen de “una atención desproporcionada en comparación con la tragedia argelina o la siria”. De lo anterior extrae la siguiente conclusión: “Es difícil creer que la naturaleza judía del Estado sea ajena a este doble rasero” (
Le Figaro, 13 de febrero de 2025). France Inter, pese a apreciar a Tertrais, prefiere a Pierre Servent, Encel, Reynié o a los periodistas neoconservadores de
Le Figaro Laure Mandeville e Isabelle Lasserre, invitados recurrentes de la emisora. Laserre juzgó un día con delicadeza que “la calle árabe siempre se ha lavado las manos y los pies en lo que atañe a la cuestión palestina”. Expertos menos solícitos con Israel, como Pascal Boniface o Alain Gresh, habrían podido responderle. Claro que no en France Inter, ni en BFM ni en CNews, que tienen prohibido sacarlos en antena.
Tampoco se les puede leer en
Le Figaro, que el pasado 17 de febrero publicó una dura investigación sobre el “creciente malestar”, el “miedo” y la “
omertà” que suscita en
Le Monde el (supuesto) sesgo propalestino de una parte de la redacción. La periodista Eugénie Bastié no dudó en acusar a su competidor vespertino de “indulgencia con Hamás” y de “odio patente hacia el Estado hebreo”. Unas conclusiones amplificadas enseguida por los medios de comunicación de extrema derecha y corroborados por un experto cuya escrupulosa honestidad intelectual queda fuera de toda duda: Dominique Reynié.
Tribune juive le puso la guinda al asunto: “El trato que Israel recibe de
Le Monde es repugnante” (18 de diciembre de 2024). Y es que al
lobby favorable a Tel Aviv no le basta con controlar ideológicamente a la mayoría de los medios de comunicación, también tiene que difamar a los testigos que se limitan a contar lo que ven en Gaza.
Además del ideal de igualdad y rectitud moral, Lanzmann ofrecía una tercera respuesta a la pregunta de “por qué Israel”, la más evidente en las décadas de posguerra: porque hace falta, según él, un país donde los judíos de todo el mundo puedan vivir seguros, a salvo de persecuciones. Las masacres de palestinos, el estado de guerra sin fin que Israel mantiene con sus vecinos y el respaldo ciego que le brindan los países occidentales están poniendo en peligro esta justificación del Estado creado en 1948. Al articulista estrella del diario
The New York Times Thomas Friedman le preocupa que llegue el día en que “Israel, en lugar de ser visto por los judíos como un refugio frente al antisemitismo, sea visto como una nueva máquina productora del mismo”. Hasta el punto de que la diáspora ya debería prepararse para “ser judío en un mundo en el que el Estado judío es un Estado paria, un motivo de vergüenza, no de orgullo” (11 de junio de 2025). ¿Y si el
lobby proisraelí resulta estar precipitando este desenlace al defender lo indefendible?
Pierre Rimbert y Serge HalimiSerge Halimi es Consejero editorial del director de la publicación.
Director de
Le Monde diplomatique entre 2008 y 2023.
(
1) Véase
“Liberales contra populistas, una división engañosa”,
Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2018.
(
2) Citada por Meriem Laribi,
Ci-gît l’humanité. Gaza, le génocide et les médias, Éditions Critiques, París, 2025.
(
3) En noviembre de 1978, Nahum Goldmann, presidente del Congreso Judío Mundial, había hablado, sin embargo, de “lobby judío”, “fuerza de destrucción” y “obstáculo a la paz en Oriente Próximo”. Citado por Edward Tivnan en
The Lobby, Simon and Schuster, Nueva York, 1987.
(
4) El articulista del diario
The New York Times Bret Stephens, exredactor jefe del
Jerusalem Post, los enumera uno tras otro en su diálogo con su colega Ross Douthat, “Israel’s moral balance beam”,
www.nytimes.com, 10 de julio de 2025.
(
5) Latifa Madani, “À Paris, le gala qui s’amuse des morts palestiniens”,
L’Humanité, Saint-Denis, 2 de junio de 2025.
(
6)
Le Figaro Magazine, París, 28 de abril y 17 de noviembre de 2023.
(
7) Jules Blaster, “Cher Frédéric Encel – Boxing Day #39”, 28 de junio de 2025,
www.blast-info.fr (
8) Jean Stern, “Partido amañado en el ring mediático”,
www.orientxxi.info, 18 de mayo de 2021.